Leyes orgánicas de educación

El funcionalismo crítico es la corriente más presente en todas las leyes, sobre todo en las consideradas más progresistas. Pero, ¿en qué consiste? ¿en verdad su visión es tan progresista?

Para hablar del funcionalismo crítico debemos remontarnos a los orígenes de esta corriente y también de la sociología, en la figura de Emile Durkheim, el primero en analizar cómo diferentes instituciones cumplían diferentes funciones sociales, y yendo incluso más allá, al percatarse de que estas funciones estaban evolucionando y cambiando de dueño: las funciones de cuidado y educación de los niños, tradicionalmente llevadas a cabo por la familia, empezaban a estar ocupadas por la educación formal y el Estado (como decisor de las características de dicha educación). Mientras que cuestiones morales y éticas, antaño englobadas en el seno de la religión, ahora empezaban a desplazarse hacia el entorno laboral. Durkheim vaticinaba que algún día la única ética que gobernaría las decisiones de los seres humanos provendría del trabajo. En este contexto, llega a afirmar que la función principal de la educación no es la transmisión de saberes útiles, sino el inculcar y legitimar las maneras de pensar y las tradiciones de las generaciones pasadas, en concreto de aquellas que ostentan el poder: en pocas palabras un adoctrinamiento cultural ("la historia la escriben los vencedores").

Durkheim utilizaba el pensamiento crítico para aproximarse a estos hechos, pero intentando, por encima de todo, mantenerse frío, neutral, objetivo, científico... tratando los hechos sociales (en este caso las instituciones y sus funciones) como si fueran cosas: objetos capaces de ser medidos en un laboratorio.

Sin embargo, con el devenir de los años, la corriente funcionalista fue cambiando y alcanzó su máxima popularidad con el funcionalismo estructuralista norteamericano; Talcott Parsons es su máximo exponente. Parsons y sus colegas dejan a un lado tanto el pensamiento crítico como el distanciamiento científico y dan el paso de juzgar los hechos sociales como "buenos" y "positivos" en tanto a su visión naturalista de la historia, de tal manera que si un hecho social sucedía, era atribuido a causas naturales en las que la propia sociedad se autorregula para dar respuesta a sus propias necesidades. Así, temas tales como la desigualdad social, se justifican ya que "al igual que en el cuerpo humano deben cooperar todas las células, órganos y sistemas para que el hombre viva, en la sociedad cada cual ocupa un papel y todos deben cooperar con el bien común para que el conjunto viva", para que el cerebro tenga un buen riego sanguíneo, el corazón debe bombear sangre sin parar, y según este símil, por ejemplo, para que un banquero tenga calefacción en su despacho, los mineros deben trabajar incansablemente para conseguir el carbón necesario, ya que una función alimenta a la otra. 

Esto significa un ensalzamiento de la función por encima del individuo, que llega a justificar que un trabajador cobre un sueldo miserable por una jornada agotadora, sólo porque cumple una función en la sociedad que alguien debe de hacer. Y de la misma manera, que un titulado superior tenga una alta remuneración por un trabajo cómodo, se justificaría por su hipotética función y el necesario equilibrio social que ambos extremos rico/pobre significan. 

En este contexto, la educación es, para este funcionalismo, el tamiz perfecto para separar "el oro de la arena", los alumnos brillantes de los mediocres, colocando a cada uno en el lugar que por naturaleza y justicia les corresponde: los brillantes tendrán trabajos relevantes y bien remunerados, mientras que los mediocres -también necesarios- realizarán trabajos de apoyo y deben conformarse y cumplir con honor la función asignada (olvidan sin embargo la evidente dificultad de las clases trabajadoras de acceder a la educación y al mundo laboral en igualdad de condiciones).

Sociólogos más modernos, como Randall Collins o Pierre Bourdieu han devuelto un enfoque más crítico al funcionalismo, hibridándolo además con otras corrientes en sociología como la weberiana y la marxista. Su visión, menos mística, de la sociedad, nos sitúa ante la existencia real de funciones sociales, tales como "el cuidado de los niños", "la defensa del país", "la producción industrial", etc... que efectivamente pueden ser llevadas a cabo por diferentes agentes sociales e instituciones, pero que no se autorregulan de manera natural, sino que dependen de decisiones que pueden ser individuales pero que mayormente son colectivas, y que mucho tienen que ver con los gobiernos y sus leyes, la competencia entre empresas, el devenir del mercado, los movimientos sociales, etcétera.

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